
El vaivén de sus caderas, insinuantes a través de la ajustada falda, y la voz de sus pies enfundados en medias de seda y zapatos a lo años 60, hace a más de uno girarse a mirarla. Pero no es sólo eso. Llama la atención por su imagen trasnochada y glamurosa. Siempre perfecta. Labios rojos. Y siempre mirando al frente. Su alegría es el pan de cada día para el chico de la frutería, y el perfume de su pelo hace que la vida tenga sentido todavía para el vendedor del kiosco. Y Carla, que no es ajena a nada de esto, les regala graciosamente su paseo, y saborea el placer de su admiración.
De la pastelería sale la ronca risa del pastelero, mezclada con el dulce olor a caramelo y chocolate, a la vainilla de la galleta casera, y a la canela de la leche merengada. Cuando Carla pasa por la puerta, todos los hornos se ponen a funcionar a un tiempo, y la masa del bizcocho se esponja dulcemente. Un beso de miel es lanzado hacia el interior, y un guiño insinuado hace de trampolín al deseo.
Llega a casa todavía con la sonrisa fresca, y lentamente se desnuda frente al espejo. Primero la falda. La gusta ver sus piernas enfundadas en esas medias. Medias de seda de línea perfecta, de costura alineada con sus curvas, hasta medio muslo, ni más ni menos. Le gusta el contraste de la negra seda con el blanco inmaculado de su piel, ni siquiera por el sol profanada. Se admira unos instantes en ropa interior, baja de sus tacones, y como si estuviese posando para Elvgren suelta el liguero y se quita las medias.
Baño perfumado con olor a violetas. Abre el cajón de arriba, perfectamente ordenado, totalmente homogéneo, repleto de medias negras de seda. El ritual de la belleza. Pues faltan tan solo unos minutos para que suene el timbre. Y estará perfecta. Perfecta para que ahora, después de haber seducido a media ciudad, la seduzcan a ella.








